Interrumpir la lectura, suspender la escucha

Santiago Astaburuaga
mayo, 2019
Este texto es un fragmento de la tesis doctoral del autor. Para consultar la tesis completa, sigue este enlace.

En un pasaje del discurso “Escribir la lectura”, Roland Barthes se refiere a aquellos textos que incitan pausas que levantan nuestra cabeza, no a causa de un desinterés acerca de lo que se lee sino debido a un cúmulo de ideas que se nos agolpan provocando su interrupción: una irrupción de asociaciones que se van produciendo durante la lectura. Se trata, dice Barthes, de una forma de leer irrespetuosa con el texto pero que a la vez está prendada de él: vuelve a las palabras escritas una y otra vez luego de pasar por múltiples asociaciones con otras ideas y otras imágenes.[i] Lo curioso de este pasaje es que su autor relata que decidió recurrir a su propia experiencia con Sarrasine de Balzac para sistematizar cada momento en el que levantaba su cabeza con el objeto de intentar escribir su lectura. Una escritura sobre su propia lectura que luego pudiera convertirse en objeto de una nueva lectura.

Pienso que los esfuerzos por escribir sobre la lectura como una experiencia que está siempre atravesada por otras imágenes, por lecturas realizadas anteriormente, por hechos contingentes que suceden mientras se lee y por ideas agolpándose en uno y proyectadas hacia algún momento o lugar son una forma de cuestionar toda producción de experiencia enfocada eminentemente en el objeto que se ha dado por regla percibir. Levantar la cabeza no es aquí la acción de dirigir la mirada hacia otro punto que llame nuestra atención, ni hacia otro fenómeno que sea de nuestro interés, sino de observar cómo nuestros hechos de conciencia, cómo nuestros estados afectivos internos entran en resonancia con la experiencia de lectura de un cierto tipo de escritura. Barthes problematiza la linealidad que supuestamente posee un texto, o quizá mejor, la lectura lineal que nosotros mismos nos obligamos a hacer de un texto.

¿Podemos problematizar de un modo similar la escucha que desplegamos en una experiencia musical?

Levantar la cabeza en una experiencia de lectura supone desatender el objeto que la provoca, precisa suspender la mirada de las palabras escritas. La escucha en este sentido es más rara: ¿debemos pensarla como un sentido con contornos bien definidos que comporta una mirada específica que la dirige? Unas veces está asistida por nuestra vista y otras veces la condicionamos por la distancia que toma nuestro cuerpo con el objeto o fenómeno que deseamos o creemos escuchar. La acción de levantar la cabeza en la experiencia de leer como una labor suspensiva efectuada por un cuerpo afectado por la lectura se presenta en su eficacia frente a la dificultad de encontrar una acción similar que pueda operar en la experiencia de escuchar.

¿Qué es lo que debemos levantar de nuestra escucha para interrumpir el enfoque lineal que a veces nos obligamos a hacer de un fenómeno musical?

Una partitura que permite llevar a cabo una realización de larga duración articula cuestionamientos como los que aquí intento esbozar, específicamente en cuanto a la multiplicidad de focos que puede producir y a los hechos que puede hacer emerger. Pero, ¿bajo qué criterio se puede afirmar que la duración de una pieza es larga? Una posible respuesta es: en el momento en que la duración extensiva de su realización excede ciertas facultades de aprehensión, reconocimiento y comprensión de un objeto o fenómeno sonoro específico para devenir duración intensiva, desplegada en un horizonte confuso de acontecimientos e indisponibles como objetos y fenómenos distintos.

Siempre en el ámbito de lo posible, la partitura de mi pieza para órgano singularidad #3 pretende incitar ese devenir. La abundancia de materiales que constituyen las 100 páginas disponibles permite llevar adelante una realización que desarticule la idea de realizar un concierto para ser presenciado íntegramente por una audiencia de comienzo a fin. La potencia de sus materiales radica en la elasticidad de las duraciones que comportan y en la singularidad de las relaciones con otros materiales –previos, simultáneos y posteriores– que producen.

No hay una sola página que sea igual a otra. Su posibilidad de larga duración se sostiene en el enunciado “la duración de los segmentos numerados es cualquiera. la duración de los silencios es cualquiera”. Esto permite, por ejemplo, extender un acorde simple del órgano durante varias horas o incluir un archivo que dure más de un día, si así se estima. Las facultades perceptivas enfocadas en el instrumento principal de la pieza y en el intérprete que lo ejecuta se desestabilizan al momento de presenciar una realización que incorpora este tipo de decisiones.

La utilización de al menos dos parlantes que reproduzcan grabaciones de campo y archivos –aún en un ámbito de lo posible, ya que hay páginas que no los contemplan y la pieza puede realizarse con al menos una– amplía los puntos de emisión sonora si las expectativas se dirigen únicamente al instrumento musical por excelencia. Las pipas del órgano ya no operan aquí como el objeto sonoro exclusivo y el intérprete, en cuanto a su relación corporal con los parlantes, interrumpe su accionar directo sobre la fuente que resuena. La posibilidad de una activación remota de uno o más dispositivos sonoros permite multiplicar la luminosidad que cae sobre los fenómenos enunciados de derecho en la partitura. Puede entonces producirse una experiencia musical confusa en cuanto a quién está a cargo de la situación y dónde se ubican los sucesos a los que se debe prestar atención.

La presencia de parlantes repartidos en el lugar de ejecución y la decisión de trabajar con sonidos del órgano de larga extensión son además la posibilidad de que el reconocimiento de una sonoridad (escucha) y la identificación del objeto que la emite (mirada y distancia del cuerpo) entren en suspensión. Un parlante, situado en un punto no inmediatamente visible, puede reproducir una grabación de campo conformada por el sonar del propio lugar de ejecución de la pieza efectuado anteriormente, fundido con las sonoridades actuales. También puede, bajo la forma de un archivo, traer el relato grabado de un poeta hablando de narrativa a un volumen casi imperceptible que vuelva difícil identificarlo como algo externo. Un tono o acorde simple puede activarse con pesos u otros objetos que fijen las teclas del órgano, para así prescindir de las manos que lo sostengan. Un tono o acorde complejo también puede fijarse del mismo modo, con la previa preparación de las palancas para su mixtura. En este sentido, la ejecución de la pieza puede transformarse en una instalación sonora en la que ya ni siquiera es necesaria la permanencia de su intérprete.

En una realización semejante no habría foco dado, más bien habría que buscarlo. La duración aquí permitiría desestimar la idea de presenciar la experiencia de la obra, en la medida en que su larga extensión excedería toda capacidad de atención habituada y de permanencia efectiva en una instancia como tal. El esfuerzo por buscar un objeto sonoro delineado, que poco a poco se vuelve indisponible, precipita la emergencia de las cualidades de una experiencia, empuja el despliegue de una duración en su dimensión intensiva.

¿Cómo determinamos lo externo y lo interno de la realización de una obra?

Quizá la acción suspensiva de la escucha no puede identificarse con el gesto de interrumpir un foco dirigido hacia una fuente que le dé consistencia. Creo que la escucha no resiste su remisión exclusiva al tímpano del oído y a una matriz sonora delineada: también es resonancia que se deja sentir en el cuerpo de un modo que se vuelve difícil nombrar y reducir a uno u otro fenómeno y a uno u otro órgano.

La escucha también es asistencia de la mirada, también es resonancia relacionada a la distancia del cuerpo con los hechos que percibimos, también es transformación cualitativa producida por el movimiento del cuerpo propio y del cuerpo de otro, también es tocar algo con la punta de los dedos y también, incluso, es dejar de prestar atención.


[i] Cf. Barthes, Roland. (1987). “Escribir la lectura”. El susurro del lenguaje: Más allá de la palabra y la escritura. Trad. C. Fernández Medrano. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.

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