REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIA DEL ROCK EN MÉXICO – ¿Qué onda con el rock mexicano durante los años 70? ¿Persecución o invisibilización mediática?

Juan Carlos Cortés Stefanoni
Programa de Doctorado en Música, UNAM-México 
abril, 2019

“Y las tocadas de rock,

ya nos las quieren quitar,

ya sólo va a poder tocar,

el hijo de Díaz Ordaz.”

(Three Souls In My Mind: “Abuso de autoridad”, 1976)

 

En primera instancia, y sin afán de desanimar al lector, debo decir que más que brindar respuestas, lo que este artículo pretende es suscitar más preguntas, mismas que difícilmente podrán ser respondidas dentro de los marcos de este breve texto. Decir que el rock mexicano fue perseguido durante los años 70 —en el período post-Avándaro (1971-1985 aprox.)— se ha vuelto un lugar común dentro de las historias que tanto músicos, fans, periodistas y académicos han venido construyendo en torno al desarrollo de este género musical en nuestro país. Pero ¿realmente existió tal persecución?

Aunque algunos han hablado del “apañón” y “la redada” como formas de represión contra la práctica del rock durante los años 70, lo cierto es que realmente no sabemos con certeza si éstas ocurrieron o no, ni en qué medida. Si bien no es del todo improbable que éstas hayan tenido lugar, todavía existen múltiples interrogantes al respecto: ¿fueron éstas prácticas generalizadas en todo el país o sólo ocurrieron en la Ciudad de México?, más aún, ¿ocurrió esto sólo en algunas zonas de la Ciudad de México o se extendió a toda la ciudad? En caso de que existan casos de “apañados”, ¿constituyen éstos hechos aislados o son muestra de una práctica más generalizada y sistemática? En suma: ¿es esto suficiente para hablar de una persecución generalizada y sistemática por parte del Estado político mexicano en contra del rock?, y en caso de que tal persecución haya tenido lugar, ¿fue la práctica del rock per se la causa de tal acto de represión o había otras razones de fondo?

Aunque ciertamente todavía hace falta investigar con mucha mayor profundidad, y llevar a cabo una reconstrucción histórica mucho más veraz y precisa del período en cuestión (rescate de testimonios, reconstrucción de historias de vida, análisis de archivos hemerográficos, sonoros, de video, etc.), la verdad es que —al menos por el momento— no podemos más que decir que realmente no existen evidencias suficientes como para afirmar que hubo tal persecución contra el rock en el México de los años 70.

Sin embargo, aún ante la ausencia de evidencias sólidas en este sentido, la idea de la “persecución” prevalece y se fortalece día con día, y cada vez que alguien osa cuestionarla o ponerla en tela de juicio suele ser juzgado negativamente por “la banda roquera”, pues tal parece que cuestionar ese asunto es “roqueramente incorrecto”. Pero ¿por qué? Creo que la razón de fondo es porque la noción de “persecución” resulta muy congruente y adecuada con respecto a algunos de los discursos que atraviesan y conforman lo que en términos generales podemos denominar como “el imaginario roquero” (Thornton, 1995). Entre éstos destacan: 1) el discurso sobre la “autenticidad” del rock y, estrechamente ligado a éste, 2) el discurso acerca del “carácter contracultural” del rock. Una manifestación clara del primero puede verse en la clásica oposición que músicos, fans y periodistas suelen hacer entre “rock” y “pop” —entendidos no tanto como géneros musicales distintos con rasgos estilísticos particulares— sino como dos “actitudes” radicalmente opuestas con respecto a la práctica musical: mientras que el “pop” es visto como un producto “prefabricado”, “formulaico”, “comercial”, “efímero”, “producido desde arriba” (desde la industria), e “indiferente” a toda causa social o política, el “rock”, en contraste, es visto como una creación “original”, “innovadora”, “propositiva” y “autónoma” —“producida desde abajo” (desde la gente)—, y usualmente “comprometida” con alguna causa de índole social o política. De ahí que este último posea —supuestamente— un mayor grado de “autenticidad” (verdad y sinceridad) como producto cultural que el del “pop” llano y simple. Pero ¿realmente es así? Por otro lado, y estrechamente vinculado a esto, viene el discurso acerca del “carácter contracultural” del rock, el cual consiste en dar por sentado que éste es (“por naturaleza”): “juvenil”, “rebelde”, “transgresor”, “contracultural”, “contestatario” y “agente de resistencia”, como si todos estos atributos fueran inherentes a este género musical.

Resulta obvio que, desde el punto de vista de un “imaginario roquero” atravesado por este tipo de discursos, una noción como la de “persecución” sea sumamente atractiva y conveniente. Sin embargo, considero que ya es tiempo de forjar un pensamiento mucho más crítico sobre este asunto y comenzar a “desnaturalizar” todas estas preconcepciones que se han ido construyendo sobre el rock. Una manera de hacerlo es comenzar por distinguir entre lo que la música es y lo que se dice que la música es, es decir, entre la música como un objeto con ciertas características formales y la música como una práctica dotada de sentidos y significados por parte de los actores implicados dentro de ella. De ahí que debemos hablar de “discursos sobre el rock” más que de “la naturaleza inherentemente auténtica y contracultural del rock”, pues no hay tal; lo que sí hay son “discursos” de “autenticidad” y “contracultura” enarbolados por diferentes agentes en torno al rock. Ello, por supuesto, no equivale a negarle al rock toda posibilidad de representar algún tipo de “autenticidad” o de funcionar como “agente contracultural”, ya que no es que cierta música sea “auténtica” o “inauténtica”, “contracultural” o “no-contracultural” por naturaleza, sino que más bien son las lecturas y los usos —“discursos”— que de ella llevamos a cabo los individuos —músicos, escuchas, periodistas y académicos— los que dotan o invisten de tal carácter y sentido a la música.

¿Qué onda con el rock mexicano durante los años 70? ¿Persecución o invisibilización mediática? Dada la falta de evidencias sólidas que respalden la noción de una “persecución”, considero que es mucho más preciso y pertinente hablar de una serie de procesos de discriminación cultural e invisibilización mediática operando en contra del rock durante estos años. Aunque a primera vista pudiera parecer que ambos términos son lo mismo —ya que incluso puede argumentarse (plausiblemente) que la invisibilización mediática constituye una forma o un síntoma de persecución—, lo cierto es que las implicaciones de fondo que cada uno de estos términos tiene no son exactamente iguales. Es decir, no es lo mismo hablar de una “persecución” en el sentido fuerte del término —con el que la mayoría de las veces se le ha empleado—, lo cual implicaría consecuencias de tipo legal y político (leyes explícitas de prohibición, multas, encarcelamientos, así como casos de tortura y hasta asesinato, etc.), que de una invisibilización mediática, es decir, del hecho de que la industria cultural mexicana simplemente decidió ignorar al rock y favorecer en su lugar a otros géneros y estilos musicales, pero sin que ello desembocara en una “persecución” legal o política contra los productores, distribuidores y consumidores de este género musical. Prueba de ello es el hecho, hoy por todos comprobado, de que la práctica del rock en México nunca murió ni desapareció, sino que simplemente dejó de ser visible, mediáticamente hablando.

Una vez que optamos por la “invisibilización mediática”, se hace necesario explicar entonces las causas y motivaciones de la misma, entre las cuales podemos destacar, principalmente, 1) las de índole político-ideológico y 2) las de índole económico-comercial. En relación a las primeras es preciso decir que, si bien no podemos hablar de una “persecución” como tal, lo que sí hubo fue la percepción, por parte tanto del gobierno como de los sectores más conservadores de la sociedad, de que el rock representaba una amenaza contra “la decencia”, las “buenas costumbres”, los valores familiares y el orden público. Pero todo ello dentro de un marco más amplio de “estigmatización de lo juvenil” heredada del movimiento estudiantil del ‘68 y “el halconazo” del ‘71 (Cortés, 2017: 35), en la que toda forma de expresión abiertamente juvenil —sobre todo si implicaba concentraciones masivas— fue vista con enorme desconfianza. Es justamente dentro de los marcos de esta “estigmatización” generalizada de “lo juvenil” que hay que entender el rechazo mediático que sufrió el rock mexicano durante los años 70. Importante también es no perder de vista el papel que la idea de “identidad nacional” jugó en todo este proceso, pues como algunos autores han apuntado, durante aquellos años el rock también fue visto como un “agente invasor”, sinónimo de “imperialismo”, “coloniaje” y “penetración cultural”: una amenaza contra “nuestra identidad nacional” (Arana, 1985: 213).

Las motivaciones económico-comerciales vinieron de la mano de las político-ideológicas: si el rock había sido “desterrado” de los principales medios de comunicación (radio, televisión, etc.) y de la ciudad misma —negándosele el acceso a los principales foros de la ciudad—, entonces éste simplemente dejó de representar un negocio rentable para la industria musical mexicana, que decidió entonces redirigir su atención y su dinero hacia otros géneros musicales como la balada romántica, la música tropical o la música folclórica latinoamericana. Es en este contexto que Parménides García Saldaña acuña el término “hoyos fonqui” para referirse, de manera exagerada, a los lugares en que se llevaban a cabo las tocadas de rock durante este período: terrenos baldíos, bodegas, teatros o auditorios viejos, siempre en las periferias de la ciudad, y ante una audiencia conformada en su mayoría por miembros de la clase proletaria. Es decir, el rock se volvió underground, y junto con ello pasó de ser un fenómeno de clase media-alta a convertirse en uno de clase proletaria (González, 2016: 41). En suma, se trató de una discriminación cultural y una invisibilización mediática —la cual desde luego no deja de tener una fuerte carga de violencia— llevada a cabo de manera consciente y expresa por la industria musical, que tuvo de fondo intereses tanto político-ideológicos como económico-comerciales, pero no de una “persecución” como tal. Finalmente, reitero que, para poder responder cabalmente a todas las interrogantes expuestas en este artículo, es indispensable llevar a cabo una investigación mucho más exhaustiva y profunda que las que hasta ahora se han realizado.


Referencias Bibliográficas

Arana, Federico. (1985). Guaraches de ante azul: la historia del rock mexicano, vol. 2. México, D.F.: Posada.

Cortés, David. (2012). El otro rock mexicano. Experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales. México: Tomo.

González Villegas, Rafael. (2016). 60 años de rock mexicano, vol. 1: 1956-1979. México: Ediciones B.

Ochoa, Ana María. (2002). “El desplazamiento de los discursos de autenticidad: una mirada desde la música”. Trans 6.

Paredes Pacho, José Luis, y Blanc, Enrique, “Rock mexicano, breve recuento del siglo XX”, en Tello, Aurelio (coord.). (2014). La música en México. Panorama del siglo XX. México: FCE/Conaculta.

Velasco, Jorge Héctor. (2004). El canto de la tribu. México D.F.: CONACULTA.

Velasco, Jorge Héctor (comp.). (2013). Rock en salsa verde. La larga y enjundiosa historia del rock mexicano. México: Uva Tinta Ediciones.

Thornton, Sarah. (1995). Club Cultures. Music, Media and Subcultural Capital. Oxford: Blackwell Publishers.

Woodside, Julián. (2010). Construcción de identidad. Una aproximación desde el paisaje sonoro mexicano. México: UNAM.

Zolov, Eric (2009). “La juventud se impone. Rebelión cultural y los temores de los mayores en México 1968”. DeRobar 1(2)

Zolov, Eric (1999). Refried Elvis. The Rise of the Mexican Counterculture. Los Ángeles: University of California Press.

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