Editorial

Fue hacia finales del siglo XX cuando filósofos como Focault, Heidegger y Deleuze -sólo por mencionar a tres de los europeos más estudiados- exploraron la relación que la tecnología tiene con el poder.

Más aún, las ideas de aquéllos sirvieron para entender que el aparato tecnológico no se limita al artefacto que canaliza, ejerce y materializa las técnicas humanas; antes bien, estos pensadores -aunque cada cual a su manera y con notables diferencias-, coinciden en proponer que la pregunta por la técnica no se puede responder si no se observan las relaciones existentes entre “la mano que martilla” y los distintos procedimientos, saberes y condiciones que posibilitan el golpe del martillo sobre el clavo, sin dejar de ver también los procedimientos, saberes y condiciones que el golpe trae consigo cuando el martillo se “funde” con la mano.

Entre los distintos conceptos que protagonizaron aquellas disertaciones, el dispositivo se nos presenta con especial acentuación. Está de más decir que no pensamos en el dispositivo como el mero artefacto, aleación de madera y metal que podemos reconocer bajo el nombre de “martillo”, sino que lo entendemos a la manera foucaultiana, a saber: como el conjunto de elementos -discursos, instituciones, leyes, saberes- que entran en relación cuando el metal y la madera chocan contra el clavo.

Ingenuo aquél que piense que el acto de clavar es una práctica carente de trasfondo político; muy por el contrario, en la aparentemente simple acción de martillar se condensan los mecanismos sociales que estratifican a los cuerpos y los dotan de estructura. Creemos que disponemos de él, pero es el aparato quien dispone de nosotros, o en todo caso disponemos uno del otro de manera indisociable… y es precisamente a partir de la mutua disposición que el dispositivo ejerce sus tareas prioritarias: ser instrumento inaugural de la cultura, ser piedra fundacional de las relaciones de poder que colocan a unos por encima de otros; pero al mismo tiempo ser motor de la creatividad, la imaginación y la capacidad comunicativa que distinguen al humano de otros dispositores.

Bajo estas premisas, el dossier que inauguramos se enfoca en la exploración de lo que optamos por nombrar dispositivos aurales. Interesados en la investigación que autores como los mencionados hacen alrededor de los dispositivos de la visión –del panóptico foucaultiano al principio heideggeriano del ocultamiento–, nos preguntamos sobre el papel que los “aparatos de la escucha” tienen en la cultura, sea como herramientas de la creatividad humana, o como mecanismos de estratificación que juegan un papel determinante en los procesos de control social.

¿Qué poderes se disponen a través de los oídos? ¿Qué potencia tienen nuestros órganos auditivos para vibrar y hacer vibrar las complejidades sociales? ¿Cuáles son los instrumentos acústicos que controlan y disciplinan a las personas escuchantes? ¿Qué tan capaces somos de crear o imaginar formas nuevas de escuchar que transciendan los mencionados marcos disciplinares?

Con estas preguntas en mente, invitamos a escuchar la palabra de los autores que este mes abonan la (in)cultura de nuestra oreja. Esperamos que sus lecturas dispongan de nuestras letras de la misma manera que éstas esperan disponer de las ideas que surjan del encuentro maquinal entre el ojo que lee y las voces que re-suenan.

¿Qué clavos penetrarán en qué paredes discursivas cuando el martillo auricular golpee con fuerza nuestra membrana timpánica?

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