Resonancia interna en el silencio y comunicación con el Mundo

Aleyda Moreno Ramírez

 

Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en  las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde  existo intuitivamente.  Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo. Clarice Lispector, Un soplo de vida (Pulsaciones)

silencio
silencio, representación plástica de Aleyda Moreno Ramírez

¿Cuáles son los sonidos en el microcosmos que la humanidad puede llegar a escuchar? ¿Estos sonidos microcósmicos serán de una sonoridad inusitada o guardarán algún parecido con los sonidos que ya conocemos? En una madrugada, cuando la mayor parte de una ciudad duerme y su actividad disminuye, es posible escuchar sonidos a lo lejos que se acercan y alejan gradualmente hasta desaparecer y los cuales nos dejan una impresión emocional: como escuchar una ambulancia a las tres de la mañana y escuchar con nitidez su efecto Doppler. Los sonidos de este transporte de urgencias durante este horario del día, pueden dejarnos en miedo, tristeza, preocupación, alerta, angustia y diferentes emociones dentro de estos matices. Al estar acostados en la cama comenzamos a escuchar los latidos de nuestro corazón, los sonidos de nuestros oídos y los sonidos de nuestra respiración. Estos sonidos de nuestro cuerpo, pueden ser detonadores para la reflexión y el autoconocimiento. En el capítulo “El oído de Derrida. «Escuchar», auscultar, puntar” del libro de Peter Szendy En lo profundo de un oído (Szendy, 2015, pp. 55-100), el autor nos habla de su lectura al tratado de Laënnec en donde nos dice que no podía dejar de pensar en el médico que escucha al cuerpo que sufre y que a su vez escucha su propia actividad auditiva. El mismo médico en este caso según Szendy, padece una sonoridad de sí que le impide escuchar la enfermedad del otro. Partiendo de esta reflexión de Szendy y de la auscultación, la noche abre una puerta a la percepción de lo sutil y los sentidos del oído, del tacto y el olfato se agudizan. En la meditación budista zen estar en el presente implica ser consciente de la respiración. Según al antropólogo David Howes, quien ha realizado estudios en antropología sensorial, la reflexión de Oriente es a partir de la respiración y en Occidente es a través de la vista (Howes, 2014). También Howes nos habla de que en Occidente el sentido de la vista es el más importante en contraste con culturas orientales o no occidentales en donde hay una valorización de otros sentidos como el oído, el olfato, el tacto y el gusto. ¿Cada cultura tendrá una jerarquización de los sentidos?, ¿cuáles serían los factores que determinan esa jerarquización? Un ejemplo de valorar el acto de escuchar, lo podemos encontrar en 4’33´´ del compositor estadounidense John Cage en donde hace una invitación al público a escuchar los sonidos de su entorno. Cage tuvo la experiencia de entrar en una cámara anecoica en donde escuchó los sonidos de su sistema nervioso y el fluir de su sangre. Tanto esa experiencia como el asistir a la exposición de Robert Rauschenberg en donde pudo contemplar lienzos en blanco, fueron los detonadores para la creación de 4’33”.

¿Es posible que la única forma de poder escuchar sonidos microcósmicos sea a través de la tecnología? A través de la creación de una herramienta que pudiera captar las sonoridades del microcosmos, ¿podríamos escuchar los sonidos producidos por micro organismos al desplazarse en el agua, ¿cómo sonaría esa actividad microcósmica? ¿Es posible que exista en el universo algo que nuestros sentidos humanos no puedan percibir? ¿Si la humanidad pudiera percibir algo nuevo con su propio cuerpo más allá de los cinco sentidos, sería otra especie de humanidad?

Es posible que muchos de nosotros hayamos experimentado en algún espacio, como una cafetería o  el transporte público, que puede haber muchas personas inmersas en su celular escuchando música, generando experiencias de “autoresonancia” como lo dice Hartmut Rosa y al hacer esto evitan hacer resonancia con su entorno (Rosa, 2016). De acuerdo con Rosa, estos serían síntomas de un desastre de resonancia transmoderno. En oposición a esto, también es realmente conmovedor observar como los bebés o los niños son los más empáticos con su entorno. Hace un tiempo, cuando viajaba en una combi (se me ha quedado muy grabado este acontecimiento en la memoria), pude observar como dos bebés de edades cercanas (menos de un año), trataban de comunicarse a través del balbuceo. Es muy raro ver que personas adultas puedan empezar a comunicarse a partir de una conversación sin haberse visto antes en algún lugar. También durante el tiempo que trabajé impartiendo clases de piano a niños, recuerdo como llegaban a pelearse cuando estaban jugando y que el mismo día de la disputa, era el día que se reconciliaban como si lo que hubiese pasado, no hubiera sido de gravedad. ¿En qué momento de la etapa de la vida, los seres humanos dejan de ser tan empáticos como bebés o como niños y qué es lo que exactamente, vuelve tan tormentosas las relaciones adultas? El caso de los bebés tratando de comunicarse por el balbuceo y haciendo contacto físico, me hace pensar que conforme vamos creciendo, los prejuicios aumentan, así como los miedos. La aceleración en la que vivimos quizás también influya en que existe poco tiempo para un conocimiento profundo de nuestro entorno y de nosotros mismos.

El presente texto, tiene como objetivo más que afirmar, abrir preguntas para reflexionar sobre los sonidos microcósmicos, el silencio y la comunicación en la sociedad actual.

Llevando a la práctica el concepto de la resonancia, realicé una interacción en un espacio con una acústica interesante que es el espacio donde se encuentran las taquillas del metro Insurgentes en donde hay una cúpula. Las veces que he estado en este espacio, he podido observar que muy pocas personas interactúan con él o quizás no capture su atención.

También realicé una improvisación en el piano con resonancias producidas por los pedales, su caja de resonancia así como con un xilófono de juguete. Cuando realicé la improvisación algunas personas volteaban a veme con extrañeza, hubo quienes me sonreían e inclusive hay quien resonó con la improvisación que estaba haciendo con silbidos y resonó también silbando.

Ante la frialdad, la indiferencia y la apatía, es posible encontrar resonancias con una parte del Mundo. Es posible que no todos resuenen con nuestras ideas en la vida pero considero que es realmente valioso y le da sentido a la existencia, encontrar aquello y personas con lo que resonamos como parte de un autoconocimiento. Nada es permanente y la misma resonancia se extingue así como la vida.


BIBLIOGRAFÍA

Szendy, Peter. (2015). En lo profundo de un oído: una estética de la escucha. Santiago de Chile, Chile: Metales pesados.

Howes, David. (2014). El creciente campo de los estudios sensoriales, Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad (pp. 10-26), vol. 6, núm. 15. Córdoba, Argentina: Universidad Nacional de Córdoba Argentina.

Rosa, Hartmut. (2016). Alineación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Buenos Aires, Argentina: Katz editores.

Lispector, Clarice (1978). Un soplo de vida. Madrid, España: Editorial Siruela.

 

6 comentarios en “Resonancia interna en el silencio y comunicación con el Mundo”

  1. Es interesante la vinculación que se hace en este texto entre la noción de resonancia y la antropología de los sentidos. Me parece que ayuda a comprender que el resonar no es sólo un asunto que atañe al oído, sino a todos nuestros sentidos. Con el ejemplo de la improvisación en el metro Insurgentes, podemos ver (o, mejor dicho, escuchar) que un pequeño gesto como ese deja ver lo poco dispuestos que estamos a entrar en vibración con otras personas, y lo mucho que las grandes metrópolis dependen del aislamiento colectivo (por contradictorio que esto suene) para seguir funcionando. Un texto que puede servir para ampliar esta discusión es el de “Territorios Acústicos”, de Brandon LaBelle. También algunos textos de Ana Lidia Domínguez podrían ser interesantes al respecto. Subiré al blog algunos de estos escritos. Saludos!

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    1. Hola Jorge David,
      Es muy complejo el tema del entrar en vibración con otras personas en las grandes metrópolis, en espacios públicos aún más aunque, he podido obervar que en algunas colonias de la Ciudad de México y en el mismo centro de la ciudad y en el metro, grupos de personas bailan danzón, tango o salsa y me doy cuenta que hay personas que se acercan a ver como bailan, ¿esto podría considerarse una resonancia? , ¿que las personas al escuchar la música y ver el baile, algo resuena en ellas y se acercan? Quiza el gusto también sea un factor que influya. Me interesa leer el texto de “Territorios Acústicos”, suena muy interesante. Saludos!

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  2. Sólo para matizar ciertas afirmaciones, aquella parte donde dices que estar en el presente para la meditación Zen es la respiración, es falso. La atención a la propia respiración es un método para centrar la atención en el presente, así como lo es seguir las reglas de la ceremonia del té o del tiro con arco. Es más una manera de “dejar de escuchar” los desvaríos de la propia mente que estar en el presente; dejar de resonar con nuestros propios pensamientos.
    En todo caso dices que, en el metro insurgentes, las personas no reparan en la resonancia debajo de la cúpula y que, sólo pocas pusieron atención a tu improvisación. Me gustan este tipo de situaciones porque son difícilmente reducibles a una sola razón que las explique. Si bien Jorge y tú tienen razón cuando mencionan el aislamiento y la autorresonancia, yo me pregunto cuál es la mejor manera de pensar dichos espacios. Dicho de otro modo, ¿por qué debería la gente resonar en espacios que no están pensados y no son utilizados para resonar? ¿Por qué la gente debería hablar en el camión o ponerle atención a tu improvisación? Son preguntas importantes que hay que hacerse antes de poder dilucidar realmente de dónde proviene el aislamiento y la falta de ganas de resonar.
    El ejemplo sobre el rencor que tienen los adultos y los niños no, es algo que me deja pensando mucho, porque algo similar pasa con los animales. De cierta manera, sólo los adultos “recordamos” y me pregunto: enojarse y olvidar como los niños ¿es una forma de resonancia o, más bien, es justamente el recuerdo y el rencor una forma de resonancia mucho más profunda?

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  3. Me gusta pensar en la idea del sonido del microcosmos, ese mundo inaccesible, sólo percibido a través de microscopios. Hasta ahora podemos escuchar los sonidos del macrocosmos, incluido el universo. Nos han llegado inquietantes sonidos captados por las sondas de la NASA, los científicos han logrado convertir las señales de radio en sonido, así sabemos cómo “suenan” los anillos de Saturno o el paso de un cometa. ¿Pero qué hay del microcosmos? Pensar en los pequeños arañazos que pueden producir las diminutas garras de un oso de agua parece material para un cuento de ciencia ficción. ¿Qué ruidos emitirán estos animalitos de apenas 1 mm, habitantes de los climas más extremos?, ¿podrán comunicarse entre ellos a pesar de su diminuta existencia microbiana?
    Seguramente en ese microcosmos sólo visible por aparatos sofisticados existe un mar de sonidos inaccesibles al oído humano, tal vez tan aterradores como los que se escuchan fuera de nuestro planeta; tal vez tan enigmáticos que ni siquiera podemos imaginarlos.
    Pensamos que lo lejano es lo inaccesible, lo perturbador, lo que anhelamos asir y comprender, pero estamos rodeados de enigmas incluso en nuestra propia piel, bajo nuestras uñas, en la gota de agua que queda suspendida en la ventana, en la motita de polvo que soplamos y olvidamos. Ese microuniverso tiene vida propia y, sin duda, también está plagado de sonidos que nuestra imaginación ni siquiera alcanza a bocetar.

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    1. Hola Magda,
      Asi es, hay enigmas en nuestra propia piel, todo un universo por descubrir, por sentir. Siempre me ha llamado mucho la atención el microcosmos y aunque no puede acceder a medios sofisticados para poder escuchar como suenan, pero de tan solo imaginarlos, cautiva mi imaginación y como tu lo mencionas también, el pensar en los sonidos emitiran las diminutas garras de un osos de agua, ya da materia para un cuenta de ciencia ficción. Saludos!

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