Del temor a la música o por qué huí de ella durante un largo periodo

Magda Gárate

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“La Visión del Tondal” de El Bosco

 

La última vez que compré y coleccioné música fue cuando cursaba la preparatoria. Después, en la universidad, fue creciendo en mí una especie de temor a la música, no sólo a la que por fuerza tenía que oír en la calle, en el transporte o en alguna reunión con amigos, sino a la que yo misma pudiera acercarme por afinidad. Temor a extraviarme en ella como en un viaje sin retorno; a vincularla a algún suceso en particular, el cual se repetiría una y otra vez, cuando escuchara esas notas en otro contexto; a perder el resto de los sentidos por sentirme invadida gracias a uno solo. No podría cerrar los ojos como ante La visión de Tondal de El Bosco, ni apartarla de mí con un manotazo como se hace con algo que se ha podrido, ni escupirla, aventarla, huir en un segundo de ella.

Carecía de bases para explicar su influencia hasta ahora: la música, al llegar a nuestros oídos, está en nosotros, es decir, nos habita. Por eso no es posible poner una barrera física entre ella y nuestro ser, como sí puede hacerse con una pintura, un espectáculo de danza, una obra escultórica o arquitectónica, un festín de olores, una representación teatral.

¿Qué decir del ruido ambiental? Del taladro, de la campana de la basura, del ensayo diario de batería, del estruendo del vecino, del músico ambulante, del chillido de los niños, del chirriar de la puerta al abrirla y cerrarla…

El ruido, sin embargo, sobre todo si es repetitivo, puede crear una especie de cápsula sin-sentido en la cual sumergirnos, tal como pierde sentido una palabra cuando la pronunciamos tantas veces que ya no significa nada. Un ruido que a fuerza de repetición se convierte en un vacío.

Así, el ruido posee un carácter inocuo. Es fácil sobrevivirlo porque sabemos lo que hay detrás de él: el ensayo del vecino que pierde su tiempo tocando un instrumento que nunca dominará, la necesidad del niño de que su madre lo atienda, la llegada del camión de la basura que apura a la gente a salir con sus bolsas de desechos, las monedas que hay que ir preparando para dejarlas caer en la mano del músico que pasa junto a nosotros… Un mar de ruidos en el que hemos aprendido a navegar desde que nacimos: “Palabras y ruidos pasan por las orejas y no nos fijamos, no los percibimos. Ya estamos acostumbrados a tanta bulla, ya no prestamos atención a tantos sonidos que nos rodean.” (Lenkersdorff, 2013, p. 12).

El peligro, no obstante, está en la música porque implica una remisión, un regreso al momento en que oímos tal melodía, al clima de ese día de verano cuando nos sentimos enamorados, a la oscuridad de la sala de cine donde nos sacudió la pista sonora de aquella película fantástica u horripilante, a las honduras metafísicas en las que nos situaron los compases de ese músico magistral, al cosquilleo de rebeldía que nos inspiraron aquellas letras cargadas de furia y hartazgo, al terror a esos bosques sonoros cargados de gritos de fieras incomprensibles y absurdas. Tal como dice Nancy, la música está constituida “por una totalidad de remisiones: de un signo a alguna cosa, de un estado de cosas a un valor, de un sujeto a otro o a sí mismo, y todo ello de manera simultánea […] se propaga en el espacio donde resuena, a la vez que resuena en mí (Nancy, 2007, pp. 20-21)”.

¿Cómo librarse de su embrujo?, y muchos dirían ¿para qué hacerlo? Si finalmente “las perso­nas de alguna manera hacen eco de sus paisajes sonoros en el lenguaje y en la música”, según la hipótesis de Schafer (Feld, 2013,  p. 220). ¿Cómo es eso posible?, ¿buscamos proyecciones de nuestro ser en la expresión musical? El lugar común dice que vemos el mundo según lo que somos. Si en nosotros anida el miedo, percibimos un mundo lleno de peligros y maldad; si somos optimistas, siempre estaremos a la espera de un mañana mejor. Así, no es de extrañar que busquemos en la música (ese perverso sonido que no es posible eludir), –en cierto tipo de música– los paisajes sonoros que riman y hacen eco con nuestros paisajes internos. Ambos se sobreponen como en un juego de diapositivas, en negativo-positivo, revelando una escena única, un binomio inseparable.

Tal fenómeno, si existe de esta manera, seguramente es una especie de milagro. No es posible concebir que todos en todo momento de exposición ante cierta música, experimentemos tal fusión, que el adentro sea afuera y el afuera adentro. Tiene que ser, en definitiva, algo único, precioso, inconfundible: una epifanía.

Entonces ¿por qué temerle a tal revelación? La música crea un espacio y un tiempo propios en los que es posible perderse, pero quizá también encontrarse, hallar fragmentos de uno mismo como en un mosaico multicolor… ¿Dije que durante muchos años huí de la música? Como un náufrago he vuelto a la playa, esta vez no huyendo del canto de las sirenas, sino rendida ante la posibilidad de hallar eco de mis voces interiores en otras voces, frutos de inspiraciones que están más allá de este mundo.

Bibliografía

Feld, Steven. (2013) “Una acustemología de la selva tropical”. Revista colombiana de antropología, Vol. 49 (1), 217-239.

Lenkersdorff, Carlos. (2008) Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales. México: Plaza y Valdés.

Nancy, Jean-Luc. (2007). A la escucha. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.

6 comentarios en “Del temor a la música o por qué huí de ella durante un largo periodo”

  1. Con este texto uno se pregunta por qué será que huimos siempre de aquello que nos desestructura. Esta reflexión me lleva a pensar que el tema de la escucha nos coloca, justamente, frente a la posibilidad de cuestionar aquello que asumimos como estable.
    Ahora bien, pienso que es importante no caer en divisiones estables entre aquello que llega a nuestros oídos, y aquello que “repercute” en nosotros (parafraseando a Szendy) a través de la vista, el tacto, o cualquier otro sentido. En un mundo sensible como el que habitamos, las remisiones están atravesando nuestra experiencia, y por eso mismo me parece necesario pensar en la escucha y la resonancia como puntos de partida para pensar la experiencia humana de una manera amplia y no separatista.
    Tal como Szendy y Nancy plantean, es posible escuchar con todo nuestro cuerpo, y no sólo con los órganos auditivos.
    Más allá de eso, el texto me parece muy propositivo. Sugiero leer el texto de Pascal Quignard, “El odio a la música” que muy probablemente resonará con lo que en este post se plantea. Subiré el texto de Quignard al blog.
    Saludos!

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  2. A mí me angustia un poco de este texto la noción abarcadora de música, como un ente que, independientemente de la forma que tome, tiene esta característica del regreso y de la evocación. Más que una crítica, me pregunto por qué solemos tratar a la música como un todo cuando hay tantos tipos de música que cumplen tantas funciones diferentes. A mí hay música que no me deja sumergirme aunque lo quiera, otra que me atrapa, otra que me hace recordar y alguna otra que no. Me pregunto, ¿de qué tipo de música huiste y qué tipo de música te podría hacer regresar a la Música (con M mayúscula)?

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  3. En dos párrafos pequeños de este texto se plantea un abismo de posibilidades que me resuenan. Se habla del ruido pero no se llega a definir o a proponer una posición clara y precisa sobre este. Yo preguntaría dentro del contexto del texto, ¿Qué vinculación tiene el ruido dentro del concepto de música? Coincido con el comentario anterior pensando si la música solamente deberá ser tónica o podrá contener otros materiales sonoros, armónicos o inarmónicos. El ruido como concepto es complejo porque exactamente donde apuntamos con nuestra oreja nacen muchas inquietudes e incluso límites no tan seguros de su establecimiento. Si lo señalamos como algo negativo entonces a donde quedan esos dispositivos que el mercado brinda en donde se asegura que los bebés se duermen con ruido y los hay desde los que generan olas, viento emulando ruido blanco o marrón. Aquí se debería precisar la naturaleza contextual del ruido y como se percibe dentro de este contexto. Es aquí en donde nace una pregunta ¿en donde el ruido y la música tienen caracter liminal? ¿existe o no y porqué? Sobre lo anterior recomiendo el artículo de Antonio Méndez Rubio: “Políticas del ruido. En los límites de la comunicación musical” y para el debate que se pueda desarrollar sobre el ruido como concepto recomiendo Domínguez Ruiz, Ana Lidia M. bajo el título: “Vivir con ruido en la Ciudad de México. El proceso de adaptación a los entornos acústicamente hostiles”.

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  4. Me quedé pensando en lo que mencionas de la capacidad de la música por remitirnos a algo, contrario al ruido que de tanto repetirse se vuelve inocuo. Aunque no tengo un interés de separar la música del ruido como universos contrarios, me parece que el ruido podría tener aún más capacidades de remisión que la música: los cohetes que te remiten al sufrimiento de tu perro, el timbre de una voz que te recuerda a otra, el sonido lejano de una alarma que te hace revivir el mayor de los miedos, el ruido del mar, el ruido de una palabra, etc.
    Cada quién tendrá sus ruidos significativos en los que pueda pensar, ya que posiblemente el ruido sea la música de fondo más constante de nuestra realidad.

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  5. Pienso que si buscamos proyectarnos con cualquiera que sea la rama artística, me encanta como pones la música como algo abrumador y la barrera inexistente que podemos poner ante ella.

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